Historia

Liderazgo, capacidad y decisión. Esas tres cualidades resumen la personalidad de la empresaria ecuatoriana Joyce Higgins de Ginatta, mujer visionaria para quien lo imposible no existe. Esa filosofía de vida es lo que le ha permitido escalar posiciones hasta convertirse en uno de los personajes más destacados de Ecuador.

Para la dama de hierro, como la suelen llamar sus amigos, la frase de su abuelo: “En tiempos de crisis hay que dejar de ser ratón para convertirse en león”, es su directriz en los negocios.

Durante sus 28 años de carrera empresarial ha sorteado un sinnúmero de obstáculos. A sus 21 años incursionó en un negocio que era sólo concebido para los hombres: la construcción.

En septiembre de 1998, se convirtió en la primera persona que en América Latina propuso la dolarización de la economía. Posteriormente, el Presidente de Argentina Carlos Saúl Menem planteó que su país debía evolucionar de la convertibilidad a ese nuevo sistema monetario.

Contrajo matrimonio con Emilio Ginatta, con quien procreó tres hijos: Emilio, Giovanni y Gisella. Al poco tiempo de nacido su primer hijo, se vio obligada a tomar las riendas del negocio familiar.

De esa época Joyce de Ginatta recuerda una serie de peripecias. Cuando viajaba al exterior por negocios, por ejemplo, muchas veces solicitó que llamaran por parlantes a clientes que se habían comprometido en recogerla en el aeropuerto y ellos se sorprendían porque siempre esperaban ver a un hombre de unos 40 años y no a una mujer joven. “Muy pocas mujeres deciden ingresar en un negocio de calibre netamente varonil, como el de la construcción”, indica.

Bajo su administración M.I Suc A Ginatta tomó la representación de América Standard. Posteriormente la empresa se convirtió en Ferconsa. Luego fundó Ferrisariato, compañía anónima. En 1997 vendió las acciones a la familia Czarninski, propietaria de la cadena de alimentos, Mí Comisariato.

16 AÑOS DE LUCHA POR ECUADOR CONTADOS POR JOYCE DE GINATTA

Comencé a intentar cambiar mi país en 1991. Entonces salí del anonimato y participé en los comicios para la presidencia de la Cámara de la Pequeña Industria del Guayas (CAPIG) y resulté electa. Ese cargo lo desempeñé hasta diciembre de 2001.

Rodrigo Borja estaba a punto de concluir su mandato y legó al régimen de Sixto Durán Ballén –que lo sucedió– una profunda crisis energética. Todavía recuerdo el primer apagón que padeció el país, el 2 de febrero de 1992.

Dos años después afiancé mi lucha empresarial y social cuando Durán Ballén, en vista de que el programa macroeconómico que había presentado no fue ejecutado –como consecuencia de los grupos opositores de siempre, a los que denomino “el Ecuador del No”– incrementó los intereses del hoy extinto sucre, como herramienta de enganche para los inversionistas extranjeros, como si se tratara de un casino. Ante tal situación, me reuní con el Vicepresidente de la República, el economista Alberto Dahik Garzozi, a quien expresé mi rechazo por la aplicación de tal medida y por ese tipo de política, ya que la misma desencadenaría el inicio de un colapso.

En enero de 1995 estalló la guerra con Perú y el país atravesaba una severa crisis energética, ante la que el Gobierno actuó con las consabidas políticas de parches y no las estructurales, como habría debido hacer.

En ese momento se vivía la discrecionalidad monetaria mediante el Banco Central del Ecuador (BCE), donde se manejaban los hilos para hacer las cosas a dedo, lo cual ocasionaba una gran incertidumbre a escala nacional e internacional.

Pero el escenario político empeoró el 12 de octubre de ese año, con la caída de Alberto Dahik, debido a la acusación de peculado por el manejo de los gastos reservados. La vulnerabilidad –que se derivaba del conflicto bélico y de la incertidumbre política, económica y jurídica– era pavorosa.

En tales escenarios, uno está obligado a abrir los ojos ante la dura realidad. Los empresarios no teníamos opciones de planificación a largo plazo, porque vivíamos con la zozobra de qué ocurriría en las siguientes 24 horas.

Por eso, en 1995 emprendí la elaboración de un plan macroeconómico, que concluí a finales de ese año y que publiqué el 2 de enero del siguiente, a fin de que fuera incorporado al programa de gobierno, con la finalidad de cambiar el estado de cosas. Tanto quería yo aportar a mi país que solicité a los ex presidentes de la República y a los candidatos presidenciales de entonces que se pronunciaran respecto a mi propuesta y la respaldaran (Ver “Las ideas para el cambio sí existen” y los Anexos I, II y III).

En 1996 se aproximaba un nuevo proceso electoral y Bucaram alcanzó la presidencia de la República en agosto, después de disputar una segunda vuelta contra el candidato socialcristiano Jaime Nebot.

El Presidente electo presentó, como parte de su equipo de asesores, al argentino Domingo Cavallo, y promovió un programa económico muy bien diseñado, pero basado en la convertibilidad –cuya aplicación en Ecuador, dadas las circunstancias, era mejor que nada, pero tampoco lo idóneo, porque dicha convertibilidad no eliminaría la vulnerabilidad del país.

Ese gobierno permaneció en el poder apenas seis meses y la corrupción y la excentricidad fueron sus características más ostensibles.

Bucaram, finalmente, fue obligado a dejar el cargo después del paquetazo a finales de 1996: elevación de los combustibles y de los denominados consumos especiales –vehículos, licores, cigarrillos–; supresión de los subsidios al gas, a la telefonía y a la electricidad, y el congelamiento/reducción del salario mínimo, que constituyó una evidente demostración de que el gobierno de los pobres –la mayoría– gobernaba para las minorías del país. El malestar de la ciudadanía se manifestó con rotundez y contundencia mediante protestas en las calles, las que, al inicio, fueron solo de carácter estudiantil, pero que enseguida contaron con la incorporación –el 8 de febrero de 1997– de la Coordinadora de Movimientos Sociales, la CONAIE, el FUT (Frente Unitario de Trabajadores) y el Foro de la Ciudadanía, los jubilados, etc. En fin, el repudio de la población fue unánime.

El Frente Patriótico de Defensa del Pueblo convocó a una huelga nacional que se efectuó el 5 de febrero de 1997 y que demandó la derogatoria de las medidas económicas y –muy específicamente– de la propuesta de convertibilidad, la no privatización de las áreas estratégicas –tales como el petróleo, las telecomunicaciones y la seguridad social– y que fuese convocada la ciudadanía a una Asamblea Constituyente. Pero el detonante definitivo –sin la menor duda– que provocó y desencadenó la caída de Bucaram fueron las declaraciones del Embajador de Estados Unidos en Ecuador, Leslie Alexander, quien, durante una charla con empresarios cuencanos, afirmó:

Preocupa el florecimiento de una penetrante corrupción en el Ecuador (…). Esto hace que un país sea menos atractivo para el comercio y la inversión (…). Se le exigió a un empresario una coima de 12.000 dólares para poder sacar de aduanas un contenedor avaluado en 8.000 dólares (…). Ecuador está ganándose la reputación de tener una penetrante corrupción y esta fama ya está llegando a oídos de la comunidad internacional. (El Universo. Enero 30 de 1997)

Como antecedente a la caída de Bucaram hay que señalar que la devaluación de la moneda fue vertiginosa, al punto de que, debido a la ausencia de planificación, la pobreza del país se incrementaba y crecía a pasos agigantados.

TIPO DE CAMBIO FIN DE PERÍODO (sucres por dólares)

Diciembre 1993: 2.046

Diciembre 1994: 2.270

Diciembre 1995: 2.925

Diciembre 1996: 3.635

Diciembre 1997: 4.428

Bucaram programó que el sistema de convertibilidad fuese aplicado a partir de julio de 1997 y que echara a andar con un tipo de cambio de 4,000 sucres por dólar.

Los sindicalistas petroleros –que hasta esa fecha padecieron severas pérdidas de espacio de poder– fueron, en realidad, los responsables de la caída del entonces presidente, el 6 de febrero de 1997, después de que el Congreso Nacional lo cesó en funciones por incapacidad mental. La salida de Bucaram fue custodiada por el coronel Lucio Gutiérrez –quien algunos años después resultaría electo Presidente de la República, y también depuesto por voluntad popular. Bucaram marchó a Panamá y allí recibió asilo político.

Enseguida, con la designación de Fabián Alarcón como Presidente Interino de la República, comenzó otro gran error político y uno de los más grandes desastres políticos de la historia de Ecuador. En su muy corto período de apenas dieciocho meses dejó al país un legado tristemente vergonzoso.

Con tal tarea de manejar al país por medio de un gobierno interino, la economía continuó congelada en la acelerada carrera de las devaluaciones en alza como algo normal en la aplicación de políticas de Estado y no como algo momentáneo o circunstancial, debido a la emergencia en que vivía el país.

Entonces yo estaba convencida de que el sistema monetario no funcionaba. Así que predije una crisis de gran envergadura si el programa macroeconómico no giraba en 180 grados.

A finales de 1997 analicé con profundidad qué había representado prosperidad para el país, según mi perspectiva, e inicié diversas comparaciones entre la época de la bonanza petrolera y la de la actualidad de esos años, y concluí que, durante la década de los setenta, las PYMES (pequeñas y medianas empresas) planificaban el futuro, porque había estabilidad monetaria, ya que el 80% de las decisiones estaban en manos de los propios empresarios, mientras que en la fecha de tal análisis el 80% de las decisiones dependían del gobierno de turno, y solo el 20% estaban en manos de los empresarios.

Esto impedía que los empresarios planificaran a largo plazo. Y su origen estaba en la carencia por parte del régimen de una política de rendición de cuentas que, además de la discrecionalidad –hasta hoy habitual–, constituían ingredientes explosivos y opuestos al desarrollo del país. Entonces consideré rediseñar un programa económico, absolutamente convencida de que el mismo debería estar basado en la dolarización. Lo concluí al comenzar 1998, cuando se avecinaba una nueva elección presidencial. Pero decidí no publicar la propuesta porque los candidatos presidenciales –como de costumbre– aseguraban que tenían la “varita mágica” para cambiar al Ecuador.

Según las encuestas de entonces, el más opcionado era Jamil Mahuad. Así que consideré prudente esperar los resultados electorales y conocer cuál política gubernamental aplicaría el mandatario entrante. Pero muy lamentablemente, justo en agosto, cuando Mahuad tomó posesión del cargo, comprendí que él iba a implementar la receta de siempre, la que, por cierto, siempre nos había llevado a la ruina creciente y no a la creciente prosperidad, que ya no existía credibilidad alguna, que había que efectuar un cambio a fondo para devolver la credibilidad de manera tal que diseñe una estrategia de 15 meses, y comenzar con el lanzamiento de mi fuerte trabajo.

Cuando en septiembre de 1998 publiqué mi tesis sobre la dolarización, propuse hacer la conversión con un tipo de cambio de 7.500 sucres por dólar. Por supuesto, fui objeto de numerosos y graves agravios, tales como que “tenía que ser mujer para ser idiota” –lo cual también, dicho sea de paso, revela la categoría moral e intelectual de quienes así se expresaron, para vergüenza no solo de ellos mismos, sino de los principios universales establecidos desde siempre por Naciones Unidas acerca de la mujer– y otras muchas ofensas de quienes, en este país, se obstinan en mantener al Ecuador sepultado en la postración con tal de preservar sus legendarios y en el futuro efímeros privilegios de poder.

Mahuad asumió el mando cuando el tipo de cambio –como promedio– era de 6.400 sucres por dólar, justo en el momento ideal para aplicar el sistema de dolarización. Y así, en diciembre de 1998, cuando llevé a cabo el foro “Rescate de la economía ecuatoriana: dolarización total, convertibilidad ¿o qué?”, el año cerró con un tipo de cambio de 6.825. Propuse nuevamente la dolarización. Pero no se hizo nada. Después, en febrero de 1999, cuando se desarrolló el siguiente foro sobre la dolarización, insistí en mi propuesta de hacerlo con un tipo de cambio de 12.000 sucres por dólar.

Estoy convencida de que, para promover los cambios en el Ecuador, es preciso alcanzar y establecer cinco principios básicos:

                Credibilidad

                Conocimiento de lo que se trata

                Comunicación

                Agallas

                Ejecutoria

La concepción y el diseño de la estrategia de comunicación estuvieron concebidos y concluidos antes de hacer pública la propuesta de dolarización. Básicamente, consistían en que en todo evento –una conferencia, una charla, un foro, una rueda de prensa, una entrevista, etc.– fuese propuesto, como parte medular del plan macroeconómico, el cambio de la moneda local: el sucre por el dólar. Y además, organizar y promover foros de debate, con cierto espacio de tiempo, a fin de que la opinión pública dispusiera de argumentos técnicos para que se formara su propio criterio y decidiera qué era lo más conveniente para el país: la convertibilidad o la dolarización.

En el primer foro que promoví –“Rescate de la economía ecuatoriana: dolarización total, convertibilidad ¿o qué?”– participaron como exponentes Alberto Dahik (mediante microonda), Walter Spurrier, Jorge Gallardo Zavala y yo. Y a partir de ahí, quedó un espacio para que los medios masivos opinaran y discutieran sobre el tema.

Más adelante invité a Carlos Alberto Montaner –coautor del libro Fabricantes de miseria–, quien participó en un nuevo foro sobre la segunda parte del mismo tema anterior, evento que se realizó los días 1 y 2 de febrero de 1999. El primer día de ese evento también participaron, además de Montaner, Francisco Swett, Abelardo Pachano y yo. Al día siguiente, expusimos Carlos Julio Emanuel, Pablo Lucio Paredes, Mauricio Torres, Franklin López y yo.

El tercer foro se efectuó el 8 y el 9 de febrero de ese mismo año: “Rescate de la economía ecuatoriana: modelo actual agotado”. Durante ambos días expusimos Pablo Concha, Bruno Faidutti, Xavier Neira, Iván Andrade, César Robalino, Leonardo Vicuña y yo.

Parte de la estrategia de comunicación para llevar a feliz término la implementación de la dolarización consistió en demostrar exhaustivamente las ventajas que tal medida traía consigo y convencer a algunas prestigiosas personalidades del ámbito nacional. Así, el primero a quien convencí de tales ventajas fue el doctor Franklin López Buenaño, quien –como académico de gran inteligencia– comprendió enseguida que la convertibilidad volvería al país aún más vulnerable. De modo que modificó su opinión previa. Los siguientes a quienes convencí fueron Carlos Julio Emnuel, Pablo Lucio Paredes, Kléber Chica, Mauro Toscanini, a los que después se sumaron Mauricio Morillo, Jaime Morillo, Nicolás Romero, Jorge Rodríguez, Olmedo Farfán, Pablo Concha, Rómulo López Sabando, Ernesto Arroba (+) y Dora de Ampuero. Entonces decidí integrar el Foro Económico, compuesto por un grupo de ecuatorianos que junto a mí defendieran públicamente la tesis de la dolarización.

Fuimos convocados al edificio del Banco La Previsora a una reunión donde a las Cámaras de la Producción les propusieron implementar la convertibilidad los miembros de la Fundación Mediterráneo, Guillermo Mondino y Jorge Vasconcelos, quienes viajaron a Quito y se reunieron con la Presidenta de la Junta Monetaria, Ana Lucía Armijos; el Presidente Mahuad y Álvaro Guerreo Ferber, presidente del CONAM, para promocionar el congelamiento de los fondos como medida previa a la aplicación de la convertibilidad.

Por aquellos días el diario El Universo publicó diversas informaciones en torno a estos aspectos, en una de las cuales señalaba que “la empresaria Joyce Higgins de Ginatta responsabilizó al Presidente del CONAM y banquero guayaquileño, Álvaro Guerrero, de sugerir a la Ministra de Finanzas, Ana Lucía Armijos, el congelamiento de cuentas”. Ante tal formulación, yo declaré públicamente: “Esta es responsabilidad de la economista Armijos y no de las Cámaras. Nosotros no sugerimos nada. La Ministra le miente al país y es una pena que una mujer trate de desinformar a la nación; es un absurdo que una funcionaria de la personalidad de Armijos diga que porque alguien le sugirió, lo hizo”. (Abril 13 de 1999)

Al día siguiente, el mismo periódico publicó otra información según la cual “Guillermo Mondino y Jorge Vasconcelos desmintieron haber sugerido al gobierno el congelamiento de cuentas. Lamentaron que los funcionarios tomen distancia de sus propias decisiones. Aclararon que plantearon el saneamiento bancario mediante auditoría externa, la reprogramación de los certificados de depósitos mas no su congelación, la creación de un mecanismo para capitalizar la AGD, de manera que no fuera necesario recurrir a la emisión monetaria para devolver los depósitos”. Y puntualizaron: “El gobierno aplicó el esquema a su manera, lamentablemente, solo ha avanzado en aquellas tareas donde la sociedad civil percibe costos y no beneficios como la estabilización y la baja de las tasas de interés”. Según la versión de ambos, cuando después dialogué con ellos, el feriado bancario debía durar dos días.

Está fehacientemente corroborado que el gobierno de Mahuad tuvo la peregrina idea de aplicar la receta como le vino en ganas, y declaró el feriado bancario con la dolorosa consecuencia para el Ecuador de que se sepultó el crecimiento económico, lo que se tradujo en que se licuó el poder adquisitivo de la gente, fueron eliminados puestos de trabajo y se desencadenó una honda crisis bancaria. Los bancos permanecieron cerrados durante la semana comprendida entre los días 8 y 12 de marzo de 1999. Cuando reabrieron sus puertas, los ciudadanos recibieron la inaudita sorpresa –igual que una bofetada imprevista– de que sus fondos estaban congelados.

La primera vez que hablé del crespón de luto fue en diciembre de 1994, como consecuencia de la crisis energética, cuando declaré en una entrevista que “en lugar de tener unas alegres Navidades e iluminar los árboles, debemos todos los ecuatorianos ponernos un crespón”.

El 8 de abril de 1999 salimos a las calles ciudadanos, empresarios y líderes empresariales; en total, 150 mil personas, todas estrechamente unidas por las Siete Coherencias. No faltaron quienes quisieron tergiversar y confundir a la ciudadanía al afirmar que esa marcha era en favor de Aspiazu. Y se debe recordar que aquella marcha se desarrolló el 22 de marzo y que en ella participaron, por otros motivos, tres presidentes de Cámaras: Francisco Alarcón Fernández-Salvador (Industria), Joaquín Zevallos (Comercio) y Louis Hanna (Turismo).

Nuestra decisión se expresó y se evidenció en una genuina marcha cívica que rechazaba las erradas políticas del régimen. Fue una cruzada no regionalista sino nacionalista, en aras de devolver al país su legítima estabilidad. Entonces propuse que, entre los objetivos de la marcha, estuviese incluida la dolarización. Pero los representantes de las demás Cámaras de la Producción se negaron, por lo que sólo se proclamaron las Siete Coherencias, las cuales, por cierto, se convirtieron en bandera de lucha de aquel abril de 1999.

Devolución de fondos.

Descentralización.

Reconstrucción de la Costa.

Reactivación del sector productivo social.

Modernización y reducción del tamaño del Estado.

Reestructuración de la deuda externa.

Freno al abuso con los precios de los combustibles.

En junio de ese año, de nuevo presenté un programa económico basado en la dolarización, en el que se detallaba –paso a paso– cómo debía ser aplicado, porque los burócratas del Banco Central, que no querían perder poder, se excusaban afirmando que la dolarización era inaplicable porque no existía suficiente dinero circulante.

Entre julio y diciembre de 1999 me acerqué a personeros del régimen –como el ex Ministro de la Producción, Juan Falconí Puig– para evitar que se dejara influenciar negativamente respecto a la dolarización e informarle con lujo de detalles de todo lo que significaba la aplicación de la misma. Pero mis palabras no tuvieron eco. Varias veces le advertí a Falconí que, si en el seno del régimen no se promovía con urgencia la necesidad de aplicar la dolarización antes de finales de ese año, al comenzar 2000 el gobierno se convertiría en pavo de reyes, pues el pueblo los botaría. Así que mi predicción falló apenas en unos días, porque en vez del 6 de enero, cayeron todos dos semanas después, el 21 de enero de 2000.

El descontento ciudadano era tal que, ya a mediados de septiembre de 1999, por todas partes se escuchaban rumores de un golpe de Estado, pues las decisiones correctas seguían congeladas. Y, por supuesto, congelado seguía el país.

Ese mes recibí una llamada de un asesor de Antonio Vargas, entonces presidente de la CONAIE, para sondear mi criterio respecto a la conformación de una Junta de Gobierno, compuesta por un sacerdote –que supuse que podría ser monseñor Juan Luna Tobar–, un militar, un indígena y un empresario –que presumí que sería yo debido a tal llamada. Ante semejante absurda herramienta antidemocrática me negué con rotundez y le expresé con absoluta claridad que, al dimitir Mahuad, quien debería sucederle –según la Constitución– sería el Vicepresidente de la República, Gustavo Noboa. Por ese entonces aceleré –directa e indirectamente– mi acercamiento a los partidos de gobierno y los exhorté a dolarizar la economía ecuatoriana. Pero no fui escuchada.

Si el Presidente Mahuad hubiera tenido el sentido común, la racionalidad y las agallas para aplicar la dolarización a tiempo, en vez de congelar los fondos mediante el Decreto del 11 de marzo de 1999, se habrían evitado muchas muertes y muchísimas tragedias sin sentido.

Cierto refrán popular afirma que “la ignorancia es atrevida”. A esto atribuyo la actitud de ese derrocado Presidente. Pues en vez de dolarizar con un tipo de cambio de 12.000 sucres a junio de 1999, esperó y finalmente, con un manotazo de ahogado, dolarizó en enero de 2000 con 25.000 sucres por dólar. Durante las horas que precedieron se vivió una incertidumbre monetaria y política de tal magnitud que el tipo de cambio llegó a fluctuar un día hasta los 30.000 sucres por dólar.

Tanto en diversas intervenciones públicas como en los programas económicos que presenté, siempre me referí a la eliminación de los monopolios como parte fundamental de una reforma estructural.

Existen hechos incuestionables que deben ser analizados, evaluados y corregidos: tanto la ciudadanía como ciertas élites no participan en las decisiones importantes del Estado, es decir, no se involucran, cuando en verdad son los directamente afectados. Y hay que reconocer que la falta de participación de los ciudadanos y de muchos empresarios ha costado muy cara. No es posible seguir viviendo en parcelas o islas. Sencillamente porque, como decía Ernest Hemingway, “ningún hombre es una isla”.

En cuanto a los monopolios, merece señalarse, en primer lugar, a las telecomunicaciones. Durante el mandato de Fabián Alarcón se convocó a licitación para el traspaso de las acciones de Pacifictel a manos privadas. El valor que se ofertaba era de 1.800 millones de dólares. Pero –como de costumbre– alguien comenzó a hacer ruido en los medios de comunicación y –todavía más lamentable– dichos medios le concedieron espacio. Así que comenzó a circular la opinión de que Pacifictel costaba 3.000 millones de dólares. Como consecuencia, se echó abajo la licitación.

Deseo ahora subrayar que acaba de ser vendida la telefónica colombiana –que presta servicio a 42 millones de abonados– por un valor de 400 millones de dólares. Y esa empresa no tenía los pasivos ni los problemas laborales que hoy tiene Pacifictel.

Así que aquí pregunto a quienes boicotearon aquella licitación: ¿a cuál precio debe ser vendida Pacifictel? Si en la actualidad el Gobierno decidiera hacerlo, su valor sería cero. Esta empresa deberá regenerarse o ser obligada a competir, para que caiga por gravedad o se levante por su propio esfuerzo.

En cuanto al tema de la electricidad, el Ecuador ha involucionado, de generador, en comprador de energía eléctrica. Pero hay que enfatizar y recordar que ambos países –Ecuador y Colombia– sufrieron la misma crisis energética. Sin embargo, Colombia le puso fin a esa crisis al crear el marco regulador adecuado para abrir el sector a la inversión extranjera, a la competencia. Y como resultado, hoy ese país cuenta con un superávit, gran parte del cual se lo vende a Ecuador a un precio altísimo.

Es preciso insistir que en economía no existen las casualidades ni las coincidencias, sino la mala fe. He comprobado hasta la saciedad que los ecuatorianos somos los que más atracamos a nuestro propio país y los que más perjudicamos su bienestar, porque apoyamos a otros para que nos atraquen.

Por otra parte, en el sector del petróleo hace 15 años que no se firma ni siquiera un contrato de licitación de campos petroleros, mientras nuestro vecino del norte, solo durante 2005, suscribió alrededor de 30 contratos en este sector.

Merece especial lamentación el papelón que hizo Ecuador –por medio del actual Presidente de la República– al convocar a la empresa americana Sound Down Clipper a la Gobernación del Guayas, el 9 de octubre de 2005 (Día de la Libertad y la Independencia de Guayaquil), a firmar la exploración del gas en el Golfo de Guayaquil en los bloques 4 y 5, cercanos a la frontera, y dejó plantados a los funcionarios de esa empresa, porque no se presentó ningún funcionario del régimen. Ciertos rumores dan cuenta de que, pocas horas antes de la firma, por supuesta intervención del comandante Zapater, se echó abajo el proceso, cuando lo inverosímil es que la Junta Consultiva de la Cancillería, de la cual formé parte, sugería promocionar las inversiones en dicho sector. ¿Coincidencia, casualidad o mala fe? ¿Son acaso la fuerza de las barcazas o qué?

Durante los últimos once años, desde que presenté los planes económicos a los que he hecho referencia en este texto, he visto cómo han evolucionado Colombia y Perú. Pero también he visto con dolor que Ecuador continúa –cada vez más– a la zaga del progreso.

Por otro lado, siempre he propugnado un presupuesto del Estado que esté acorde con el crecimiento económico del país, a partir de una base 0, y que indique en qué se invertirá, en qué se gastará y que promueva los incentivos fiscales convenientes para que se incremente. Siempre me opuse a la creación de la AGD. Y el tiempo me ha dado la razón. Así que urge su eliminación. Y enseguida, como parte de la solución, la creación del marco regulador correspondiente para la promoción de la inversión foránea.

Hay que promover la competitividad. Porque hay sectores en verdad onerosos, acaso el más evidente de los cuales es el agrícola, donde la producción por hectárea es la más baja de América Latina, debido a la ausencia de políticas acertadas por parte del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), que todavía hoy no cuenta con un mapa técnico de producción actualizado, que permita analizar y evaluar cuáles son los productos que se deben cultivar, a partir de un riguroso estudio del clima, del agua y de los terrenos, a fin de obtener mayor rendimiento en la producción. Tradicionalmente, por ejemplo, Manabí ha sido considerada la provincia cafetalera por excelencia. Pero hoy, con el desarrollo de la tecnología y el estudio de los suelos, se sabe que las bondades naturales de la tierra lojana han hecho que esa provincia se convierta en la idónea para la siembra de café. Igual debería ocurrir con las 21 provincias restantes.

Del área bananera existen reportes de provincias según los cuales su rendimiento promedio es de 900 cajas por hectárea, y son calificadas como “bananeras”. Pero hay otras no consideradas así, cuyo promedio de  producción, no obstante, es de 3.000 cajas por hectárea. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué no se corrigen a tiempo estos disparates?

Mientras en otros países el drawback es un instrumento en plena vigencia, en Ecuador se continúa con el vilipendio a la seguridad jurídica. Y de esta forma estamos enviando un mensaje al mundo de que somos el país de los “padrinos”, donde la corrupción se escribe con mayúsculas, como consecuencia del exceso de leyes y el desenfrenado abuso de quienes ejercen el poder.

En Ecuador hay personas –como yo– con filosofía socialista del siglo XXI, que apuntan y se dirigen al mejoramiento de este país mediante el crecimiento económico sostenido, con reglas del Primer Mundo.

Nadie invierte en un país que no respeta lo que firma, que no hace lo que debe hacer sino lo que le dejan hacer los ministros o los gobernantes de turno. Y menos aún en un país donde las reglas del juego no están diseñadas con claridad y concisión, que en la actualidad están apenas sostenidas con alfileres y son cambiadas como si se tratara de husos horarios, lo que significa que continuamos en el cíclico juego del borra y va de nuevo.

Debemos mirar y ver más allá de nuestras narices y de nuestra realidad actual. Los países que han alcanzado la prosperidad siguen al pie de la letra la receta completa previamente concebida y establecida. Pero los del Ecuador del No se ufanan de haber logrado su cometido: mantener al país congelado.

Es lamentable que la mayor parte de las élites permanezcan dormidas. ¿Acaso será que en realidad no les interesa formar parte activa del proceso de cambio? En la costa del Pacífico latinoamericano, el único país que se ha retirado y ha hecho explotar el Tratado de Libre Comercio (TLC) es Ecuador, con lo que las oportunidades de desarrollo de nuestros hijos han sido arrebatadas. Parecería que Ecuador está destinado a ser una colonia colombo-peruana.

Es hora de echar a un lado el autismo político y económico y decidirse a reescribir nuestra historia con seriedad, para obtener como resultado un país desarrollado, con verdadera democracia, donde el populismo desaparezca porque –como expresó David Lemor, Ministro de la Producción de Perú, expositor en el VI Congreso organizado por la Federación Interamericana Empresarial (FIE), “Prosperidad: tareas a cumplir en América Latina”, que se efectuó el 5 y el 6 de junio en Guayaquil y en Quito, respectivamente– “es el caramelo de hoy y el ácido para mañana”.

Aunque muy ocasional y furtivamente a veces siento frustración por haber dedicado los últimos 14 años de mi vida a cambiar las cosas sin resultados definitivos, en realidad me siento satisfecha por haber conseguido cambiar la moneda. Otras cosas siguen congeladas, porque la sociedad civil ecuatoriana tiene 110 años de pasividad. Justamente, al referirse a ella en 1895, Eloy Alfaro señaló: “Los hombres indiferentes a la desventura de la Nación, aunque sean privadamente laboriosos, son los auxiliares inconscientes de las desgracias y corrupción de los pueblos”.

Cuando una sociedad es inerte, es muy poco lo que se puede hacer. Envidio sanamente la participación de las élites de Colombia, de Perú y de Chile, las que, unidas, han luchado por el cambio y por el progreso y no se han refugiado en una parcela.

* Texto tomado de la Introducción de Libro 16 Años de Lucha, que relata la vida y obra en la palestra pública de la Ing. Joyce de Ginatta, el texto completo se puede ver en la sección Libros de este website.