5 Diciembre, 2011

GUILLERMO O’DONNELL

El día 29 de noviembre último murió en Buenos Aires a sus 75 años, el politólogo argentino. Poco conocido por el gran público, era sin embargo una referencia significativa para todos quienes nos hemos ocupado de la democracia en América Latina. Estaba con seguridad entre los científicos políticos más influyentes del mundo, profesor e investigador en universidades prestigiosas como las de California, Stanford, Oxford y Cambridge.

Seguramente sus contribuciones principales provienen de la observación rigurosa de la transición a la democracia, luego de los periodos dictatoriales y autoritarios en América Latina. Basado en esa observación distinguió dos tipos: la democracia representativa y la delegativa. Ambas tienen en común que son resultado de la elección en las urnas de sus mandatarios en que diversas organizaciones políticas compiten por alcanzar la conducción del gobierno de una nación. Lo que distingue la representativa de la delegativa es la vigencia de un sistema de rendición de cuentas horizontal, que complementa aquella vertical, que proviene del pronunciamiento de los ciudadanos en las urnas. Para O’Donnell la no consolidación de democracias representativas es el resultado de las crisis económicas y sociales de esos países, así como de las herencias autoritarias.

Como resultado de ello se consolidan “democracia(s) no Institucionalizada(s) que se caracteriza(n) por el alcance restringido, la debilidad y la baja intensidad de cualesquiera que sean las instituciones políticas existentes. El lugar de las instituciones que funcionan adecuadamente lo ocupan otras prácticas no formalizadas, pero fuertemente operativas, a saber: el clientelismo, el patrimonialismo y la corrupción”. Aún más destaca que en las democracias delegativas, “El presidente es considerado como la encarnación del país, principal custodio e intérprete de sus intereses”. Y agrega que en esta visión “otras instituciones –por ejemplo, los tribunales de justicia y el poder legislativo– constituyen estorbos… La rendición de cuentas a dichas instituciones aparece como un mero obstáculo a la plena autoridad que le ha sido delegada al presidente”. Los ciudadanos o más bien quienes votan, pasan a una posición de pasividad que básicamente aplaude lo que el presidente delegado hace.

Este tipo de democracia delegativa se contrapone a la representativa donde los sistemas que los anglófonos denominan de checks and balances (pesos y contrapesos) funcionan adecuadamente. En otras palabras, donde los congresos y el poder judicial actúan de manera eficaz y moderan los impulsos del ejecutivo. O’Donnell destaca que esa democracia es significativamente más eficaz en términos de desarrollo y expansión de los derechos civiles, sociales y políticos de los ciudadanos. Los sistemas delegativos pueden ser más eficaces en el corto plazo, pero susceptibles de producir en mayor grado errores.

En un último trabajo, el científico político argentino enumera 30 características que deben tener los Estados Democráticos, que incluyen garantías para elecciones competitivas; promoción real de derechos de ciudadanía y para el desarrollo humano; resolución pacífica de conflictos; instituciones independientes de rendición de cuentas horizontales; un poder judicial que resuelve con razonable rapidez y de acuerdo con la legalidad democrática los casos que le son sometidos y permite el acceso al mismo de sectores desfavorecidos; normas efectivas y de fácil acceso para permitir la transparencia de los procesos decisorios, las decisiones y la implementación de políticas estatales; y, finalmente, que “el sistema legal y las instituciones estatales relevantes actúen en un constructivo espíritu de respeto y diálogo en relación a las identidades y demandas de sectores históricamente reprimidos y/o excluidos”.

Un muy buen espejo en el que compararnos.

*Manuel Chiriboga Vega
Publicado del 4 de Diciembre del 2011 en el Diario El Universo

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