En reciente conversación sobre agricultura, medio rural y pobreza, un querido amigo argumentó con gran convencimiento de que resultaba difícil enamorarse del campo y de las labores agrícolas y no agrícolas que allí se hacían. Basaba tal afirmación no solo en la dureza del trabajo de los agricultores y sus horarios de trabajo, sino sobre todo en la reducida retribución económica a tal esfuerzo, la ausencia de un sistema efectivo de apoyo a los agricultores en temas como semillas o innovación tecnológica y la ausencia de un sistema público o privado de apoyo a la actividad. Una gran cooperativa de ahorro y crédito a la que estaba relacionado y que tiene una amplia implantación en las zonas rurales el sur del país, lograba colocar apenas un 5% de sus créditos en proyectos productivos, un reflejo de la poca atracción que tenía la actividad agropecuaria y rural entre sus socios y miembros. De estos emprendimientos decía él, los jóvenes están totalmente ausentes.
En un seminario internacional reciente sobre la agricultura de América Latina varios asistentes alertaron sobre cómo los grandes desempeños agrícolas de buena parte de los países de América del Sur corrían el riesgo de reprimarizar nuestras economías, es decir volvernos más dependientes de productos de bajo valor agregado. Para ellos, los bienes agrícolas exportados que tienen hoy en día buenos precios en el mercado internacional, tenderán, más temprano que tarde, a entrar en lo que se conoce como el deterioro de los términos de intercambio entre bienes agrícolas e industriales, el corazón de la teoría Cepalina de los años 50 del siglo pasado. La idea básica tras de este enfoque y que se encuentra en buena parte del Plan Nacional de Desarrollo y los discursos oficiales y académicos, es que la actividad agropecuaria es importante para el abastecimiento interno de alimentos para los consumidores, pero no tiene el potencial suficiente para promover el desarrollo económico de un país. Lo importante son bienes industriales de mayor valor agregado y servicios altamente calificados.
Estos enfoques y visiones del desarrollo olvidan experiencias históricas significativas en que la agricultura jugó un papel central en el desarrollo de países como Australia y Nueva Zelanda, olvidan también aquellas en que la agricultura acompañó en un pie de igualdad el desarrollo industrial como en Taiwán, Malasia o Indonesia o más cercanamente Brasil. En ninguno de estos casos nacionales, la agricultura es abandonada a su propia suerte, por el contrario el Estado y poderosas alianzas público-privadas y con los productores agrícolas, han revolucionado la actividad por medio de sistemas de innovación tecnológica y de gestión de altísima calidad, al tiempo que se integra mejor lo que pasa en la parcela con los mercados, tanto nacionales, como internacionales. Esto convierte a la agricultura en un motor de desarrollo.
Lamentablemente en nuestro país lo rural es visto en muchos círculos influyentes y de decisión en la segunda acepción que da la Real Academia de la Lengua a la palabra rural: inculto, tosco, apegado a las cosas lugareñas. En definitiva lo rural y lo agrícola son sinónimos de atraso y bajos ingresos. No tendremos desarrollo económico incluyente y sostenible, ni equilibrado en términos de nuestro territorio, si proseguimos en esa visión. La agricultura y el medio rural son centrales para el desarrollo de nuestro país y, por lo tanto, susceptibles de enamoramiento.
*Manuel Chiriboga Vega
PUblicado el 18 de diciembre del 2011 en el Diario El Universo
Comentarios